Foto de Albert Díaz con Ferran Muñoz

Allí me encontré. Solo. El mundo pasaba. Veía pasar el asfalto bajo mis pies, pero yo no caminaba. El viento me golpeaba en el rostro, pero yo no corría. Algo se me pasó por la cabeza, toda una filosofía, algo así como: “lo importante no es lo que tienes sino lo que haces con ello”. Cuando me quise dar cuenta apareció ante mí una fácil decisión. Decidí convertir el asfalto en agua. La gente caminaba a mi lado mientras yo surfeaba las calles. Rodeado de coches y resto de animales motorizados me sentía la infantería de un movimiento aún en auge. Era libre y no tenía miedo, si miraba atrás era para ver a quién había superado. Poco a poco ví como más se unían a mí saludándome a su paso. Y surfeábamos juntos, sin agua para mojarnos. Cuando pasábamos por un sitio nuevo ya no veíamos aburridos caminos como paramos desiertos. Veíamos grandes toboganes por los que deslizarnos sin movernos, metros y metros por los que desplazarnos sin un gota de sudor. Veíamos curvas comparables a la mejor ola. Teníamos nuestro propio punto de vista, concretamente unos centímetros más alto que cualquier persona de a pie que merodease a nuestro alrededor.

Fue entonces cuando me despedí.

Foto de Claudia Fajarnés con Lucía Matamoros Pava

Llegué a la ciudad y descubrí que en realidad nunca había estado solo. Siempre hubo alguien con mi mismo punto de vista. Cogían olas en Gran Vía y en Moyano, la ciudad era su mar, pero yo sin sitio en la maleta me convertí para mi pesar de nuevo en uno de los que caminaban sobre el asfalto.

Pero no por mucho tiempo.

Texto | Jorge Mallo Verdia | pensamientosenvena.blogspot.com.es/

Fotos | Albert Diaz con Ferran Muñoz y Claudia Fajarnés con Lucía Matamoros Pava