Un Mal día

Levantarse de la cama, desayunar, discutir, gritar, enfadarse. Todo parece propio de una mierda de día. Pero siempre hay algún modo de escapar, de evadirse, de hacer desaparecer los problemas y las dudas de tu cabeza. En mi caso , y el de mucha otra gente, el mejor modo que conocemos para escapar es el LONGBOARD. Coges tu tabla, tu casco y tus protecciones y sales de casa. Patinas, cruising, downhill, freeride, en solitario o con tus amigos, da igual lo que hagas, la cuestión es disfrutar, notar el aire contra tu frente, que intenta frenarte pero que no lo consigue. Siempre encuentras un sitio nuevo, que antes no conocías o que nunca te paraste a pensar en que sería un sitio cojonudo para marcarte unos trucos. Sigues patinando, se hace tarde, aunque en realidad parece que acabas de salir de casa. Te encuentras con otros longboarders, conoces gente, te echas unas risas, y tu día cada vez va mejorando más. Ya ni siquiera te acuerdas de aquello que te sacó de tus casillas, y empiezas a disfrutar de verdad. Sigues patinando, los transeúntes te miran, niños, adultos viejos, algunos se sobresaltan, otros se ríen o se sorprenden, y otros ni se paran a mirarte. La mayoría de ellos no tienen ni la más remota idea del placer, de las sensaciones y de la adrenalina que salen de ti. Ni de la cara de tonto que se te queda cuando te sacas un truco nuevo, o haces una bajada tan brutal que no puedes casi ni controlar tu patín. Todo esto es lo que me gusta del longboard. Patinar y olvidarte de todo, alegrarte, reir, conocer gente, cosas que pueden convertir uno de los peores día de tu vida en un día para recordar, da igual que seas el nuevo Adam Colton, que hayas empezado a patinar hace un par de semanas, que utilizes la última tabla de la marca más cañera del mercado o que patines sobre una mesa recortada con cuatro ruedas, lo importante es disfrutar de tu pasión. El LONGBOARD

Textos | Lucas Lastra Rodríguez. Asturias. Gijón.

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